-¡No la veo!
-¡Vale! ¡Te lo traigo en nada!
-¿Dónde vas...? ¡Eh!
Ciro maldice entre dientes. Hay demasiada gente, la música está muy alta, no tiene ni idea de lo que ha dicho Arturo. Ni siquiera cree que se hayan oído. Se gira a hablar con los demás, gritando para hacerse escuchar.
-¡Creo que ha ido a la barra!
Jaime asiente, Gabi mira a todo el mundo y a todos lados con ojos demasiado abiertos, demasiado pálida y demasiado callada. Ciro suspira.
-¡Joder, pues vamos a la barra también! ¡Chupitos para todos!
Santi está en su elemento. Se lo notan. Lo ha dejado claro desde que se han juntado en la puerta del bar, soltando piropos a las chicas a diestro y siniestro; moviéndose entre conversaciones, arrastrándolos a la discoteca. Ma perchè ha deciso lui? La pregunta le ronda desde el primer paso que han dado dentro.
La música house es ensordecedora.
Gabi le aprieta el brazo.
-¿Tenemos que hacerlo?
Casi le dan ganas de reírse al ver su miedo. Pero Raquel (hay que ver qué guapa está, piensa, con la melena suelta y los leggins negros haciendo que sus piernas sean interminables) se adelanta y sonríe.
-Claro que no. ¡Tú lo que tienes que hacer es relajarte! Vamos a bailar, anda.
La coge de la mano, guiña un ojo en su dirección para tranquilizarlo, y se la lleva entre la multitud mientras las ve alejarse. Jaime le da un par de palmadas en el hombro.
-¡Menos mal que esta iba a ser tu noche!
-¡Cállate!
-¿Qué? ¡No te oigo!
-¡Que te calles!
Santi reaparece, esquivando cuerpos, con varios cubatas en la mano. Arturo le sigue, más calmado, interrogando a Ciro con la mirada. Él señala a algún punto indeterminado, sin saber exáctamente dónde estarán.
-¡Cubatas de gratis para todos! ¡Yuujuuuu! ¿Y las chicas?
Unas chavalas se acercan sin disimulo alguno, bailando cerca de Jaime y Arturo, que beben intentando no reírse. Ciro sigue buscando con la vista, sin encontrar. ¿Aquel destello rojizo es el pelo de Raquel, o un reflejo de las luces?
-¡Italianini!
Santi le da una palmada en la espalda, sonriendo.
-¿Damos una vuelta a ver si las vemos?
Asiente, intranquilo. No puede dejar a Gabi sola, no con el miedo que llevaba encima la pobre. Aunque como terapia de choque para que se suelte y no sea tan cerrada, no está nada mal. Y Raquel. No, imposible dejarla. Seguro que alguien intenta levantársela. Tiene que encontrarlas.
-...y de eso nos conocemos. Tampoco es que sea la gran cosa, sólo me dijo que saldrían hoy y bueno, no me apetecía quedarme en casa un sábado. Y desde luego, no iba a salir con los de la facultad, después del corte en la última cena de clase. ¿A que no?
Gabi resopla. Es difícil contestarle. Sobretodo porque no tiene ni idea de lo que están hablando. Sólo sabe que la conversación ha empezado con un "¿Sabes que no bailas mal?" y ha acabado siendo una especie de "vamos-a-comentar-nuestra-vida" mientras siguen bailando. Una especie de monólogo en el que ella sólo dice un par de monosílabos. Bueno, así está bien. Aunque si no se acercara tanto la gente para bailar, se sentiría mejor. Y si la música estuviera un poco más baja. Y si en los quince minutos que llevan allí no hubieran tenido que mentir tres o cuatro veces diciendo que no estaban solas, que sus novios están fumando en la pequeña terraza trasera de la discoteca.
-¡Gabi!
-¿Qué? Perdón, yo...
Raquel se ríe.
-¡Que por qué no le has dicho que sí al rubio ese que te ha preguntado antes si bailabas con él!
-Oh, bueno... Es que... No... No es mi tipo.
-Uuuuuuh. ¿Y cuál es?
Se pone roja, rojísima. Lo nota. ¿Y si intenta bailar, haciendo como que está emocionada por la música? A lo mejor así evita la pregunta. Pero Raquel es la reina de las cotillas. Y ella, como Santi, está en su habitat. Es un animal social al que le gusta saber todo de todos. "La información es poder".
-Mmh, pues...
-¡Ahí están! ¡Rakeeee! ¡Gabiiiii!
Ciro sonríe ampliamente, cayendo casi sobre ellas. Santi les tiende un cubata a cada una, y les pasa un brazo por la cintura.
-¡Bailemos!
Se ríen. Gabi parpadea mucho mientras les ve reír, y prueba la bebida, nerviosa. La ginebra está fuerte, no sabe decir si está en el punto justo de alcohol o se han pasado un poco. Pero tampoco es que pueda hacer mucho por arreglarlo. Además, el rubio de antes ha vuelto a la carga, y ella se cuelga de Santi y Ciro para esquivarlo. El muchacho, viendo que la morena no cede, cambia de objetivo. Una sonrisa bien grande, una mano tendida, y la camarera con la sonrisa más bonita del mundo y el chico-discoteca se pierden bailando juntos.
Justo en ese momento llega Arturo, con Jaime detrás despidiéndose amablemente de las dos muchachas que les seguían. El rubio intenta no reírse de la cara que se le ha quedado al pobre bibliotecario.
-Pues también es mala suerte, tú.
-Arturo.
-¿Sí?
-Vaffanculo.
Ciro es un bibliotecario un tanto peculiar. Tiene piercings, fuma mucho, y bebe todavía más. Le gusta la música rock, dormir poco y salir todas las noches; la ropa rota y los vaqueros. Pero, por encima de todo, le gusta ayudar a la gente. Ayudarla DE VERDAD. Por eso, cuando una muchacha le pide un libro para aprender a sonreír, él se convertirá en el mejor amigo del mundo... ¡Si su vida de locos no lo mata antes!
19 may 2014
1 feb 2014
14- Ready to rock
Las estrellas no se ven a través del destello de las farolas, pero ellos saben que están ahí. Lejanas, distantes, hirviendo con fuego abrasador; igual que la energía que les recorre a ellos. Es sábado, sábado de fiesta. Sábado de verse e ir a liarla parda; de gritarle al mundo que ellos están en pie y que nada les importa.
Es pronto para encontrarse con las chicas; es la hora de cenar.
Por eso están todos en el piso de Ciro, fumando, riendo. Las litronas se multiplican despacio, entre bocado y bocado de pizza y algo parecido a rollitos primavera y sushi. ¿Qué más les da? Es sábado, están juntos y se pueden comer el mundo, si lo desean.
No pueden derribarles del pedestal. Es su pedestal su cima de la montaña; donde empieza la noche: adrenalina, chistes malos, bromas absurdas, y verse arreglados.
Justo de eso están hablando ahora.
-Todavía no me creo que vayas presentable.
Santi se hace el ofendido, blandiendo los palillos chinos con los que se come la ensalada. A Ciro le sigue haciendo gracia que sea vegano, después de tantos años que le conoce.
-¡Vamos a ver, que tampoco soy un trepa! Joder, tíos, lo vuestro es exagerado.
Ciro ríe, atragantándose con la pizza de espinaca y bresaola.
-Dai, Santi! -Alarga las vocales, habla con voz aguda, como si fuera una madre o una abuela mirando a su niño crecido.- Mira que guapo te has puesto, cómo se nota que esta noche vas a salir con chicas.
Y es cierto, lo tiene que reconocer a medida que los demás se ríen y le lanzan migas de pan entre bromas. De normal no se habría vestido así, a él le da lo mismo salir de tirantes con una camiseta cualquiera que ponerse una camisa; todo depende de la ropa que tenga limpia y lo primero que encuentre en el armario. Desde que vive con su hermano, solos, la casa es un poco caótica. Y sin embargo, hoy lleva la cresta peinada, las dilataciones de los lóbulos cambiadas por un aro de acero nuevo y otra con una estrella roja y negra dibujada. Incluso se ha cambiado los piercings de colores por otros plateados, más normales. Y reconoce que se siente más cómodo con una camiseta de Black Sabbath que en tirantes, viendo que los demás suelen salir también así. Excepto Jaime, que suele llevar alguna camisa de cuadros; pero es que el futuro médico es "especial". O como lo llama él, pijo redomado.
-Eh, dejad de meteros conmigo y decidle algo al pijolis este, que viene todo engominado!
-No más que tú, chaval. -Arturo se ríe, llevándose a la cocina su plato vacío y volviendo con la quinta botella de litro de cerveza.- Seguro que te has dejado el sueldo del mes en fijarte esos pelos.
Santi le hace la burla.
-¿Cuánto has tardado tú en hacerte la coleta, tío listo?
Se ríen; suben un poco el volumen de la música. Sólo son las nueve y cuarto. Dentro de un poco, se pondrán en pie, se pelearán por ir al baño a peinarse un poco, a lavarse los dientes y robarle a Ciro desodorante y colonia; la colonia que su mamma le sigue enviando desde casa porque no se fía de la que su niño pueda comprar en España. "Roma", se llama. Todos coinciden en que, junto con la que lleva Arturo, son las mejores que han olido. No hay chica que no les diga lo bien que huelen.
-A propósito de ciervas, señores... ¿Qué piensas hacer, Ciro? ¿No tienen que venir la rara y Rake?
Un cojín vuela, pero Santi lo esquiva, riéndose a carcajadas.
-¡Cállate, so gafe!
-Vaaale, vale. Señorita Tímida y Señorita Camarera.
Hasta Arturo se ríe al ver lo rojo que se pone el bibliotecario. Aplasta el cigarro contra el cenicero, se pone en pie y le da volumen a la música. Se ha soltado la melena, y junto a Santi, empiezan a tocar un par de guitarras imaginarias. Jaime canta; Ciro grita desde la cocina, donde está dejando la comida de Roald.
La energía corre a través de ellos, como una estrella más. ¡Es sábado, y es fiesta!
La energía corre a través de ellos, como una estrella más. ¡Es sábado, y es fiesta!
City lights are calling
Slowly coming back to life
Speeding in the fast line
Mama let us waste no time!
Devil in the doorway
Selling any kind of hell
We're just coming out to play!
Gritan, saltan, se mueven al compás. La noche es joven como ellos, fuerte como ellos. ¡Son imparables, listos para devorar el mundo, para crear la fiesta!
We're superheroes!!
23 dic 2013
13- Cena sorpresa 2
-Admítelo.
-Mai.
El rubio pone los ojos en blanco. Se lleva a la boca un cigarro al que sólo le quedan dos caladas. Se remueve un poco para notar el calor de la chaqueta, intentando que la capucha no le caiga sobre los ojos y no sentirse incómodo. El maldito tío de la puerta, con su sonrisa de superioridad, esperando que "los señores quieran entrar y pedir mesa".
-No me jodas, Ciro.
Ciro termina de liar su propio cigarro. Ha comprado de una clase nueva, más oscuro que el que acostumbra, y el olor a vainilla es más fuerte, también. Ha dejado de llover unos minutos atrás, pero aun así, ellos están refugiados en el portal frente a la bocatería.
-Admítelo para que podamos entrar y sentarnos. Por si no lo has notado ¡hace frío! Se me están congelando hasta las...
-Que no. Legolas me gusta en la película, pero no en el libro.
-No tienes ni idea, de verdad.
-Quejica. Mira, ahí está ella.
Arturo masculla todavía, notando los dedos de los pies helados. Se frota el mentón; intentando recordar la última vez que se afeitó. Ciro sonríe, encendiendo el pitillo. Los rizos más rebeldes le cuelgan sobre la frente, un tanto empapados por la llovizna que han soportado durante todo el camino.
La muchacha llega hasta ellos, bien abrigada con su plumas negro y la capucha de pelo echada. Tiene un paraguas plegable en la mano, transparente. La melena oscura cae por encima de la bufanda gris, y las puntas se le rizan por la humedad. Sigue teniendo los ojos grandes, asustados.
-...Hola.
-¡Gabi! Dai, dai, vamos dentro. ¿Cómo estás? -Ciro le dedica una sonrisa de oreja a oreja. Se adelanta, la engancha del brazo, coge a Arturo y los arrastra sin dejar de hablar.- Te he traído un libro, como pediste. Creo que te gustará, trata también de un chico con problemas para relacionarse... Vaya frío hace, ¿verdad? ¡El tiempo está loco!
El rubio suelta una risilla, sin poderlo evitar. Ciro siempre se pone charlatán cuando está nervioso. Pero es gracioso, verse arrastrado por la calle por alguien a quien saca veinte centímetros. Gabi mira al suelo, roja. Sólo cuando entran a la bocatería y el recepcionista les asigna sitio, Ciro detiene la verborrea incesante.
Arturo aprovecha para soltarse, desabrochar la chaqueta y quitarsela. Dentro hace calor, y el pelo suelto le pica en el cuello, aplastado por la capucha.
Se han sentado en una esquina, lejos de la puerta, donde ven bastante bien el local. Parece una mezcla entre el Bocatta y Vip's. No parece estar mal.
-¿Algo nuevo en tu vida, Gabi?
Ciro lo ha dicho como si nada, pero los dos notan como la muchacha coge aliento y traga saliva.
-Pues...
-Se ha quitado el piercing.
Una mirada interrogante del bibliotecario. Arturo se encoge de hombros.
-¿Qué? Es cierto. Ya no lleva el pendiente de la nariz.
-Me he quitado el septum. He decidido... -Ciro le sonríe, para que siga hablando. Arturo no cree que sea posible que se ponga aún más roja.- He decidido hacer algunos cambios en mi apariencia.
-¡Eso es genial! Cuenta, cuenta.
Arturo suspira, pensando en la moto que tiene en el taller, esperándole, mientras Ciro sigue sacando casi con sacacorchos frases cortas a la tímida joven.
Cuarenta minutos después, salen del local. Vuelve a lloviznar, lo justo para que las capuchas vuelvan a tapar las orejas y Gabi abra el paraguas.
-Tu amigo me da un poco de reparo.
Hasta ella misma se asombra de lo natural que le ha salido la frase. Ciro la mira, seguro de que Arturo, que va tres o cuatro pasos por delante de ellos, lo ha oído. Pero Gabi parece haberse soltado un poco, o quizá sea que también empieza a cambiar un poco su carácter, y no le deja ni abrir la boca.
-Es tan serio... No parece mal tipo, pero me da algo de cosa que siempre me mire como estudiándome.
Ciro le pasa un brazo por los hombros.
-Tienes razón, no es mal tipo. De hecho, es el mejor tío que conozco. Pero su vida ha sido bastante mierda hasta hace nada, así que es normal que sea desconfiado, certo?
-Yo... Supongo.
-Dejad de hablar de mí y apretar el paso, leches, que parece que va a liarse una buena.
Un trueno resuena a lo lejos.
Se juntan los tres, apretados, corriendo más que caminando, camino de un punto de encuentro común. La puerta de la biblioteca está cerrada, todavía no abren por las noches. Ciro se recuerda mentalmente que el lunes no tiene excusa, ahora que llegan los semestrales.
Gabi se para en seco.
-Gracias por el libro, Ciro. Y por la cena.
Sonríe, orgulloso.
-No ha sido nada, de verdad. Acuérdate de ir mañana al bar, eh.
Ella asiente, roja otra vez.
-Hasta mañana, Ciro.
-Ciao!
Arturo enciende un cigarro.
-Y gracias también a ti, Arturo. Por ayudar.
-Pse. Te veo mañana.
La ven alejarse en silencio, fumando como si el tiempo no pasara. Cuando su silueta se ha perdido, Ciro se encara contra su amigo.
-Ya te vale, Roto.¿ Podrías ser más inexpresivo?
El rubio sonríe.
-Pse.
-Ti ammazzo.
-Prueba. Te estoy ayudando, pero me cuesta, Ciro. Lo sabes de sobra.
-Confía en mí, si? Non ti farà male, per una volta.
-Déjate de italiano conmigo, chaval. Me has preparado una encerrona porque no querías ir sólo. Ahora no me vengas con el cuento de que soy un dolor en el culo. -Tira el cigarro a la acera mojada, y lo pisa. Le guiña un ojo a Ciro antes de despedirse con un puñetazo en el hombro y echar a andar.- Y ya verás como no entenderá por qué quieres que lea a Holden Caulfield.
-¡Verás como sí!
Desde unos metros más allá le llega una carcajada burlona. Se ríe él también.
-Domani sarà anche meglio.
-Mai.
El rubio pone los ojos en blanco. Se lleva a la boca un cigarro al que sólo le quedan dos caladas. Se remueve un poco para notar el calor de la chaqueta, intentando que la capucha no le caiga sobre los ojos y no sentirse incómodo. El maldito tío de la puerta, con su sonrisa de superioridad, esperando que "los señores quieran entrar y pedir mesa".
-No me jodas, Ciro.
Ciro termina de liar su propio cigarro. Ha comprado de una clase nueva, más oscuro que el que acostumbra, y el olor a vainilla es más fuerte, también. Ha dejado de llover unos minutos atrás, pero aun así, ellos están refugiados en el portal frente a la bocatería.
-Admítelo para que podamos entrar y sentarnos. Por si no lo has notado ¡hace frío! Se me están congelando hasta las...
-Que no. Legolas me gusta en la película, pero no en el libro.
-No tienes ni idea, de verdad.
-Quejica. Mira, ahí está ella.
Arturo masculla todavía, notando los dedos de los pies helados. Se frota el mentón; intentando recordar la última vez que se afeitó. Ciro sonríe, encendiendo el pitillo. Los rizos más rebeldes le cuelgan sobre la frente, un tanto empapados por la llovizna que han soportado durante todo el camino.
La muchacha llega hasta ellos, bien abrigada con su plumas negro y la capucha de pelo echada. Tiene un paraguas plegable en la mano, transparente. La melena oscura cae por encima de la bufanda gris, y las puntas se le rizan por la humedad. Sigue teniendo los ojos grandes, asustados.
-...Hola.
-¡Gabi! Dai, dai, vamos dentro. ¿Cómo estás? -Ciro le dedica una sonrisa de oreja a oreja. Se adelanta, la engancha del brazo, coge a Arturo y los arrastra sin dejar de hablar.- Te he traído un libro, como pediste. Creo que te gustará, trata también de un chico con problemas para relacionarse... Vaya frío hace, ¿verdad? ¡El tiempo está loco!
El rubio suelta una risilla, sin poderlo evitar. Ciro siempre se pone charlatán cuando está nervioso. Pero es gracioso, verse arrastrado por la calle por alguien a quien saca veinte centímetros. Gabi mira al suelo, roja. Sólo cuando entran a la bocatería y el recepcionista les asigna sitio, Ciro detiene la verborrea incesante.
Arturo aprovecha para soltarse, desabrochar la chaqueta y quitarsela. Dentro hace calor, y el pelo suelto le pica en el cuello, aplastado por la capucha.
Se han sentado en una esquina, lejos de la puerta, donde ven bastante bien el local. Parece una mezcla entre el Bocatta y Vip's. No parece estar mal.
-¿Algo nuevo en tu vida, Gabi?
Ciro lo ha dicho como si nada, pero los dos notan como la muchacha coge aliento y traga saliva.
-Pues...
-Se ha quitado el piercing.
Una mirada interrogante del bibliotecario. Arturo se encoge de hombros.
-¿Qué? Es cierto. Ya no lleva el pendiente de la nariz.
-Me he quitado el septum. He decidido... -Ciro le sonríe, para que siga hablando. Arturo no cree que sea posible que se ponga aún más roja.- He decidido hacer algunos cambios en mi apariencia.
-¡Eso es genial! Cuenta, cuenta.
Arturo suspira, pensando en la moto que tiene en el taller, esperándole, mientras Ciro sigue sacando casi con sacacorchos frases cortas a la tímida joven.
Cuarenta minutos después, salen del local. Vuelve a lloviznar, lo justo para que las capuchas vuelvan a tapar las orejas y Gabi abra el paraguas.
-Tu amigo me da un poco de reparo.
Hasta ella misma se asombra de lo natural que le ha salido la frase. Ciro la mira, seguro de que Arturo, que va tres o cuatro pasos por delante de ellos, lo ha oído. Pero Gabi parece haberse soltado un poco, o quizá sea que también empieza a cambiar un poco su carácter, y no le deja ni abrir la boca.
-Es tan serio... No parece mal tipo, pero me da algo de cosa que siempre me mire como estudiándome.
Ciro le pasa un brazo por los hombros.
-Tienes razón, no es mal tipo. De hecho, es el mejor tío que conozco. Pero su vida ha sido bastante mierda hasta hace nada, así que es normal que sea desconfiado, certo?
-Yo... Supongo.
-Dejad de hablar de mí y apretar el paso, leches, que parece que va a liarse una buena.
Un trueno resuena a lo lejos.
Se juntan los tres, apretados, corriendo más que caminando, camino de un punto de encuentro común. La puerta de la biblioteca está cerrada, todavía no abren por las noches. Ciro se recuerda mentalmente que el lunes no tiene excusa, ahora que llegan los semestrales.
Gabi se para en seco.
-Gracias por el libro, Ciro. Y por la cena.
Sonríe, orgulloso.
-No ha sido nada, de verdad. Acuérdate de ir mañana al bar, eh.
Ella asiente, roja otra vez.
-Hasta mañana, Ciro.
-Ciao!
Arturo enciende un cigarro.
-Y gracias también a ti, Arturo. Por ayudar.
-Pse. Te veo mañana.
La ven alejarse en silencio, fumando como si el tiempo no pasara. Cuando su silueta se ha perdido, Ciro se encara contra su amigo.
-Ya te vale, Roto.¿ Podrías ser más inexpresivo?
El rubio sonríe.
-Pse.
-Ti ammazzo.
-Prueba. Te estoy ayudando, pero me cuesta, Ciro. Lo sabes de sobra.
-Confía en mí, si? Non ti farà male, per una volta.
-Déjate de italiano conmigo, chaval. Me has preparado una encerrona porque no querías ir sólo. Ahora no me vengas con el cuento de que soy un dolor en el culo. -Tira el cigarro a la acera mojada, y lo pisa. Le guiña un ojo a Ciro antes de despedirse con un puñetazo en el hombro y echar a andar.- Y ya verás como no entenderá por qué quieres que lea a Holden Caulfield.
-¡Verás como sí!
Desde unos metros más allá le llega una carcajada burlona. Se ríe él también.
-Domani sarà anche meglio.
2 dic 2013
12- Cena sorpresa
You're standin' to close what the fuck's with you
You ain't my old lady and you ain't a tattoo
No need to whimper no need to shout
This party is over so get the fuck out
Get the fuck out!
La música suena alta, la voz de Sebastian Bach medio tapada por la de su amigo. Sonríe, tira el cigarro al suelo y lo pisa. Luego entra al taller. Arturo está solo, como siempre que cierra. Hace horas extra.
Pasa sin prisa al lado de un montón de ruedas. El rubio está de espaldas, cantando. Coleta alta, camisa de tirantes más negra que blanca, el mono anudado a la cintura. Está enfrascado con una moto. Ciro no entiende de motos, pero reconoce que esa es preciosa, negra y naranja. Muy americana, muy de club de moteros.
-Artu.
Arturo deja de cantar. Se gira, sentado en el suelo, sin soltar la llave abierta que tiene en la mano.
-¿Qué haces aquí?
-He cerrado la biblioteca y se me ha ocurrido venir a verte. -Se mueve un poco para ocultar el bulto que lleva bajo la sudadera.- ¿Qué haces con ese cacharro?
El rubio se pone en pie, acariciando el manillar de la moto.
-Eh, muestra un respeto. Esta preciosidad es una Pan Head del 52. Y en estado magnífico.
-¿Una qué?
Una sonrisa enorme precede al trapo que Arturo le lanza a la cara.
-Una Harley Davidson, ignorante. Le estaba ajustando el embrague. Para la exhibición de la semana que viene.
Ciro recuerda. En la entrada de la biblioteca tiene un poster gigante con las fechas bien grandes de una exhibición de motos. Arturo se lo ha comentado miles de veces, emocionado. Minchia, soy un despiste con patas.
-Joder.
-Sí... Es magnífica.
Sonríen, cada uno por un motivo. Skid Row sigue sonando por los altavoces, esta vez, la canción es Youth gone wild.
-Eh, Artu.
-Dime.
Se gira, limpiándose un poco las manos en el mono. Deja la llave en una mesa cercana, y abre una botella de agua.
-Te he traído una cosa. Pero no te emociones, capi?
-Tranquilo, no te pediré que te cases conmigo.
Ríen. Ciro saca el libro que escondía bajo la sudadera, y se lo da. El rubio lo coge con reverencia.
-Preludio a la Fundación... Joder, Ciro.
-Eh, has dicho que no querías casarte conmigo.
-Y no quiero. Quiero tener un hijo contigo. ¿Cómo has sabido que...?
-Eh, Artu.- Le palmea la espalda, sonriendo.- El otro día hiciste demasiado por mí, y además, mañana espero que te superes y me ayudes con Gabi y Raquel.
Se sienta en una silla cercana mientras Arturo abre con cuidado el libro, con ansia de devorar cada palabra que haya dentro. Tararea el estribillo de la canción, alegre.
We stand and we won't fall
We're the one and one for all
The writting's on the wall
We are the youth gone wild!
-¿Cuándo has quedado con Gabi?
Ciro sonríe, las manos sobre el regazo. Despacio, muy despacio, Arturo deja el libro en la mesa, y cambia la sonrisa por un gesto serio.
-Dime que no.
-Espero que tengáis duchas aquí, hemos quedado para cenar. Los tres.
Arturo pone los ojos en blanco, luego lo señala acusatoriamente.
-Quiero el divorcio.
13 nov 2013
11- Llueve, Dantés.
Calor.
Seco. El aire es deliciosamente seco y cálido, con ese olor a papel impreso flotando como incienso que se consume poco a poco, impregnándolo todo.
Las luces de la entrada son cálidas también, aunque en las salas del fondo brillan algunos flexos. Está por empezar la temporada de exámenes.
Sonríe.
Avanza decidido, a su sitio, quitándose la sudadera. La cuelga en el respaldo de la silla, y se sienta. Se toma su tiempo antes de encender el ordenador, con los ojos cerrados, acomodándose en la silla.
"Vuelvo a casa... Hoy he terminado mi turno. Te he echado de menos estos dos días en la cafetería. No lo vuelvas a hacer, ¿vale?"
Sigue notando ese beso en la mejilla. Y el calor en la ingle.
-¡Mira quién ha venido!
Rubén deja una pila de libros en el mostrador. Viene de recoger el material de las mesas vacías, y ni siquiera se sienta. Sólo se apoya en la mesa, frente a Ciro, dedicándole una sonrisa. Hoy lleva una camiseta de Dr. Slump. Ciro siempre juega a reconocer los dibujos que tienen sus camisetas.
-Ciao, Rubén.
Hasta él mismo se nota la voz de idiota empedernido. El idiota empedernido con cara de cordero degollado.
-Alguien está feliz, ¿eh? ¿Se puede saber cómo lo haces para estar así en este día asqueroso al inicio de mis -lo observa coger aire, la nuez moverse al tragar saliva- absoluta y completamente jodidos exámenes?
Se miran. Rubén no está enfadado en realidad, ambos lo saben. Pero el estrés de la temporada le agría el carácter. Y, Ciro lo reconoce, cuando una persona está así lo mejor no es presentarse ante ella con una sonrisa idiota y con toda la calma del mundo.
-Gracias. Por cubrir todo el miércoles, y esta mañana.
-Olvídalo. Al menos has venido. Me dijo Arturo que estabas enfermo.
-Es mi biblioteca, vecchio. Claro que vengo. Y lo estuve.
-De resaca, ya. Pues yo me vuelvo a mis apuntes. Tienes todos los movimientos de estos días en el registro.
Asiente, mientras el otro se pone un abrigo oscuro y una palestina verde oscura. Enciende el ordenador, introduce el usuario, e inicia el programa. También saca de un cajón sus auriculares.
-Eh, Ciro. Esta mañana la chica esa tan mona del septum ha venido. Te ha dejado un recado.
Se activa de golpe. Pobre Gabi, ni la ha llamado. Pues sí que se está luciendo como "mejor amigo".
-¿Qué ha dicho?
Rubén sonríe, casi en la puerta. Tiene un paraguas plegable azul en la mano, a medio abrir.
-¿Tu novia, italianini?
-Mi amiga.
-Ya, claro. Bueno, pues tu... "amiga" dice que le recomiendes un libro. -Abre la puerta, y saluda con la mano. Termina de abrir el paraguas.- A ver si me la presentas algún día, Ciro.
Se marcha. Respira el frescor que ha entrado los pocos segundos que la puerta ha estado abierta. Un libro. ¿Cómo le recomienda un libro a alguien que no sabe sonreír? Alguien del que desconoce muchas cosas. Cazzo.
Se pone los auriculares, enciende youtube, listas de reproducción. La voz rasgada de Andi Deris le inunda los oídos.
What can I do?
Will I be getting trough?
Now that I must try to leave it all behind
Did you see what you have done to me?
So hard to justify
Slowly it's passing by
Canta bajito, aunque tampoco hay demasiada gente. La lluvia no anima a salir, y los únicos ocupantes de la biblioteca son los de la última sala, y en un rincón, Jaime, enfrascado en manuales. Cuando está así de concentrado, no escucha ni un ruido. Al cerrar, le dirá de acompañarlo a casa e ir juntos al bar.
Forever and one, I will miss you
However, I kiss you yet again
Way down in Neverland
La lluvia golpea con buen ritmo el cristal que hay a su espalda. Ciro se aleja del mundo, releyendo una vez más las páginas de El Conde de Montecristo.
Tiene a un lado apartado uno de los libros que Rubén le ha dejado, preparado.
Apoya los codos en la mesa, la mano sosteniendo el mentón, escapando con Dantés del peñon de If. Ya ha visto un poco del tesoro del abate Faria: tiene la mejor sonrisa del mundo y ha quedado con ella el sábado.
Antes de perderse por completo en la historia de Dantés, escribe un post-it con letra fluida.
"Llevar a Gabi El guardián entre el centeno".
Way down in Neverland.
Seco. El aire es deliciosamente seco y cálido, con ese olor a papel impreso flotando como incienso que se consume poco a poco, impregnándolo todo.
Las luces de la entrada son cálidas también, aunque en las salas del fondo brillan algunos flexos. Está por empezar la temporada de exámenes.
Sonríe.
Avanza decidido, a su sitio, quitándose la sudadera. La cuelga en el respaldo de la silla, y se sienta. Se toma su tiempo antes de encender el ordenador, con los ojos cerrados, acomodándose en la silla.
"Vuelvo a casa... Hoy he terminado mi turno. Te he echado de menos estos dos días en la cafetería. No lo vuelvas a hacer, ¿vale?"
Sigue notando ese beso en la mejilla. Y el calor en la ingle.
-¡Mira quién ha venido!
Rubén deja una pila de libros en el mostrador. Viene de recoger el material de las mesas vacías, y ni siquiera se sienta. Sólo se apoya en la mesa, frente a Ciro, dedicándole una sonrisa. Hoy lleva una camiseta de Dr. Slump. Ciro siempre juega a reconocer los dibujos que tienen sus camisetas.
-Ciao, Rubén.
Hasta él mismo se nota la voz de idiota empedernido. El idiota empedernido con cara de cordero degollado.
-Alguien está feliz, ¿eh? ¿Se puede saber cómo lo haces para estar así en este día asqueroso al inicio de mis -lo observa coger aire, la nuez moverse al tragar saliva- absoluta y completamente jodidos exámenes?
Se miran. Rubén no está enfadado en realidad, ambos lo saben. Pero el estrés de la temporada le agría el carácter. Y, Ciro lo reconoce, cuando una persona está así lo mejor no es presentarse ante ella con una sonrisa idiota y con toda la calma del mundo.
-Gracias. Por cubrir todo el miércoles, y esta mañana.
-Olvídalo. Al menos has venido. Me dijo Arturo que estabas enfermo.
-Es mi biblioteca, vecchio. Claro que vengo. Y lo estuve.
-De resaca, ya. Pues yo me vuelvo a mis apuntes. Tienes todos los movimientos de estos días en el registro.
Asiente, mientras el otro se pone un abrigo oscuro y una palestina verde oscura. Enciende el ordenador, introduce el usuario, e inicia el programa. También saca de un cajón sus auriculares.
-Eh, Ciro. Esta mañana la chica esa tan mona del septum ha venido. Te ha dejado un recado.
Se activa de golpe. Pobre Gabi, ni la ha llamado. Pues sí que se está luciendo como "mejor amigo".
-¿Qué ha dicho?
Rubén sonríe, casi en la puerta. Tiene un paraguas plegable azul en la mano, a medio abrir.
-¿Tu novia, italianini?
-Mi amiga.
-Ya, claro. Bueno, pues tu... "amiga" dice que le recomiendes un libro. -Abre la puerta, y saluda con la mano. Termina de abrir el paraguas.- A ver si me la presentas algún día, Ciro.
Se marcha. Respira el frescor que ha entrado los pocos segundos que la puerta ha estado abierta. Un libro. ¿Cómo le recomienda un libro a alguien que no sabe sonreír? Alguien del que desconoce muchas cosas. Cazzo.
Se pone los auriculares, enciende youtube, listas de reproducción. La voz rasgada de Andi Deris le inunda los oídos.
What can I do?
Will I be getting trough?
Now that I must try to leave it all behind
Did you see what you have done to me?
So hard to justify
Slowly it's passing by
Canta bajito, aunque tampoco hay demasiada gente. La lluvia no anima a salir, y los únicos ocupantes de la biblioteca son los de la última sala, y en un rincón, Jaime, enfrascado en manuales. Cuando está así de concentrado, no escucha ni un ruido. Al cerrar, le dirá de acompañarlo a casa e ir juntos al bar.
Forever and one, I will miss you
However, I kiss you yet again
Way down in Neverland
La lluvia golpea con buen ritmo el cristal que hay a su espalda. Ciro se aleja del mundo, releyendo una vez más las páginas de El Conde de Montecristo.
Tiene a un lado apartado uno de los libros que Rubén le ha dejado, preparado.
Apoya los codos en la mesa, la mano sosteniendo el mentón, escapando con Dantés del peñon de If. Ya ha visto un poco del tesoro del abate Faria: tiene la mejor sonrisa del mundo y ha quedado con ella el sábado.
Antes de perderse por completo en la historia de Dantés, escribe un post-it con letra fluida.
"Llevar a Gabi El guardián entre el centeno".
Way down in Neverland.
11 nov 2013
10- Llueve ¡Mamma mía!
La lluvia no es muy densa, pero cae sin tregua; la humedad se le mete en los huesos a través de los rotos del pantalón. Menos mal que hoy se ha puesto la sudadera con capucha.
-¿A que hora sales hoy?
-Boh... Llevo dos días sin aparecer por aquí, Roto. Tengo que organizar todo, revisar archivos y préstamos...
-Pasar por la cafetería a ver si está Raquel...
Le dedica una mirada helada.
-Me gustaría verte enamorado, Artu.
El rubio sonríe a medias, como si disfrutara de una broma interna. La chaqueta de piel le aisla bastante del frío, pero lleva la melena empapada, y los vaqueros manchados de grasa empiezan a mojarse por los bajos. Él se encoge de hombros.
-A lo mejor un día os doy un susto y os digo que me caso.
Ciro masculla en italiano, peleándose consigo mismo para no gritar a la gente que, paraguas en mano, le obliga a ir por la parte descubierta de la acera.
-Qué te vas a casar tú.
-Quién sabe, Ciro... Tampoco es que os cuente mucho de mi vida. A lo mejor tengo novia y no os lo he dicho. Todo es posible.
-Ffanculo. ¿Te lo he dicho alguna vez?
-Yo también te quiero, moreno.
Se ríen, esquivando a un grupo de estudiantes que corren para llegar al autobús. No aceleran el paso aunque la lluvia parece apretar.
Arturo saca una cajetilla de cigarros largos, suaves. Ciro le coge uno y prueba a encenderlo. Le cuesta, pero disfruta al conseguirlo, al expulsar el humo y ver cómo las gotas de agua dibujan formas extrañas. Como una acuarela en el aire, en blanco y gris. Arturo enciende otro.
-¿Y con quién te casarías?
-A ti te lo voy a decir.
-¿A quién si no?
-Oye... ¿Esa no es Raquel?
Se paran los dos al abrigo de un portal, observando una melena pelirroja recogida en una coleta alta, un paraguas a topos verdes y morados esperando a cruzar el paso de cebra cercano.
Ciro apura el cigarro, nervioso.
-Esto está muy lejos de la cafetería, tú. ¿Qué hace aquí?
-¿Y por qué me lo preguntas a mí? Si yo estoy de paso, camino al taller.
Tira el cigarro al suelo y lo pisa. Rodea los hombros del biblioteario con el brazo y le sonríe.
-¿Por qué simplemente no la saludas?
Se incorpora, mientras Ciro pone los ojos en blanco. Qué idea de bombero, piensa.
-¡Raquel!
Se sobresalta, mira furioso a su amigo, que corre calle abajo. En cierto punto, Arturo se para y le dedica una mueca.
-¡Nos vemos en el bar, macarroni!
Se queda quieto, debatiéndose entre matar al rubio o sonreír y pasar de todo. No se ha decidido cuando, esquivando personas, una chaqueta azul y un paraguas verde y morado de topos se plantan frente a él, acompañados de una sonrisa muy grande y una coleta pelirroja.
-¡Hola! ¿Cómo tan lejos de tu biblioteca, Ciro?
La sangre galopa desenfrenada por su cuerpo, la adrenalina invade todo su sistema y tiene que tragar saliva. Dai, dai. Daaaai.
-Me he dado la mañana libre, supongo. ¿Y tú?
Raquel sonríe, encogiéndose de hombros.
-Vuelvo a casa... Hoy he terminado mi turno. Te he echado de menos estos dos días en la cafetería.
Se queda parado. Es cierto. El miércoles lo pasó de resaca enfermo en casa con Arturo. Y hoy se han levantado tarde también. Dio cane.
-Yo...
-No lo vuelvas a hacer, ¿vale? ¡Se me hace muy extraño no charlar contigo por la mañana!
Agradece que la chaqueta le venga grande y oculte la zona clave. Porque toda la sangre se le ha ido a la misma parte desde el instante en que ha oído que le echaba de menos, y no es capaz de pensar con serenidad. Maldita su idea de ponerse vaqueros. Se revuelve, incómodo, deseando que el portal estuviese menos iluminado, o que el cristal de la puerta no fuese de espejo. Así no se vería a sí mismo tan estúpido, allí plantado; mientras Raquel sonríe con toda la calma del mundo, resplandeciente.
-No, claro que no.
-¡Genial! Bueno, yo me voy que me están esperando en casa... Me alegro de verte, Ciro. nos vemos mañana.
Se inclina, le da un beso en la mejilla y sigue andando, tranquila.
Ciro se sienta en el escalón más alto del portal, espalda recta, manos aferrando el suelo. Tiene la mirada fija y el corazón desatado.
Un cigarro. Necesita un cigarro.
No, necesita un café.
Lo que necesita es un guantazo para reaccionar. Se da un golpe suave en la frente con una mano.
-Mamma mia...
Se queda sentado un rato más, observando la lluvia, la gente, el tráfico. Le arde la mejilla y las ingles.
Al cabo de un rato se pone en pie con desgana, camino de la biblioteca.
Tiene una sonrisa idiota en la cara.
-¿A que hora sales hoy?
-Boh... Llevo dos días sin aparecer por aquí, Roto. Tengo que organizar todo, revisar archivos y préstamos...
-Pasar por la cafetería a ver si está Raquel...
Le dedica una mirada helada.
-Me gustaría verte enamorado, Artu.
El rubio sonríe a medias, como si disfrutara de una broma interna. La chaqueta de piel le aisla bastante del frío, pero lleva la melena empapada, y los vaqueros manchados de grasa empiezan a mojarse por los bajos. Él se encoge de hombros.
-A lo mejor un día os doy un susto y os digo que me caso.
Ciro masculla en italiano, peleándose consigo mismo para no gritar a la gente que, paraguas en mano, le obliga a ir por la parte descubierta de la acera.
-Qué te vas a casar tú.
-Quién sabe, Ciro... Tampoco es que os cuente mucho de mi vida. A lo mejor tengo novia y no os lo he dicho. Todo es posible.
-Ffanculo. ¿Te lo he dicho alguna vez?
-Yo también te quiero, moreno.
Se ríen, esquivando a un grupo de estudiantes que corren para llegar al autobús. No aceleran el paso aunque la lluvia parece apretar.
Arturo saca una cajetilla de cigarros largos, suaves. Ciro le coge uno y prueba a encenderlo. Le cuesta, pero disfruta al conseguirlo, al expulsar el humo y ver cómo las gotas de agua dibujan formas extrañas. Como una acuarela en el aire, en blanco y gris. Arturo enciende otro.
-¿Y con quién te casarías?
-A ti te lo voy a decir.
-¿A quién si no?
-Oye... ¿Esa no es Raquel?
Se paran los dos al abrigo de un portal, observando una melena pelirroja recogida en una coleta alta, un paraguas a topos verdes y morados esperando a cruzar el paso de cebra cercano.
Ciro apura el cigarro, nervioso.
-Esto está muy lejos de la cafetería, tú. ¿Qué hace aquí?
-¿Y por qué me lo preguntas a mí? Si yo estoy de paso, camino al taller.
Tira el cigarro al suelo y lo pisa. Rodea los hombros del biblioteario con el brazo y le sonríe.
-¿Por qué simplemente no la saludas?
Se incorpora, mientras Ciro pone los ojos en blanco. Qué idea de bombero, piensa.
-¡Raquel!
Se sobresalta, mira furioso a su amigo, que corre calle abajo. En cierto punto, Arturo se para y le dedica una mueca.
-¡Nos vemos en el bar, macarroni!
Se queda quieto, debatiéndose entre matar al rubio o sonreír y pasar de todo. No se ha decidido cuando, esquivando personas, una chaqueta azul y un paraguas verde y morado de topos se plantan frente a él, acompañados de una sonrisa muy grande y una coleta pelirroja.
-¡Hola! ¿Cómo tan lejos de tu biblioteca, Ciro?
La sangre galopa desenfrenada por su cuerpo, la adrenalina invade todo su sistema y tiene que tragar saliva. Dai, dai. Daaaai.
-Me he dado la mañana libre, supongo. ¿Y tú?
Raquel sonríe, encogiéndose de hombros.
-Vuelvo a casa... Hoy he terminado mi turno. Te he echado de menos estos dos días en la cafetería.
Se queda parado. Es cierto. El miércoles lo pasó de resaca enfermo en casa con Arturo. Y hoy se han levantado tarde también. Dio cane.
-Yo...
-No lo vuelvas a hacer, ¿vale? ¡Se me hace muy extraño no charlar contigo por la mañana!
Agradece que la chaqueta le venga grande y oculte la zona clave. Porque toda la sangre se le ha ido a la misma parte desde el instante en que ha oído que le echaba de menos, y no es capaz de pensar con serenidad. Maldita su idea de ponerse vaqueros. Se revuelve, incómodo, deseando que el portal estuviese menos iluminado, o que el cristal de la puerta no fuese de espejo. Así no se vería a sí mismo tan estúpido, allí plantado; mientras Raquel sonríe con toda la calma del mundo, resplandeciente.
-No, claro que no.
-¡Genial! Bueno, yo me voy que me están esperando en casa... Me alegro de verte, Ciro. nos vemos mañana.
Se inclina, le da un beso en la mejilla y sigue andando, tranquila.
Ciro se sienta en el escalón más alto del portal, espalda recta, manos aferrando el suelo. Tiene la mirada fija y el corazón desatado.
Un cigarro. Necesita un cigarro.
No, necesita un café.
Lo que necesita es un guantazo para reaccionar. Se da un golpe suave en la frente con una mano.
-Mamma mia...
Se queda sentado un rato más, observando la lluvia, la gente, el tráfico. Le arde la mejilla y las ingles.
Al cabo de un rato se pone en pie con desgana, camino de la biblioteca.
Tiene una sonrisa idiota en la cara.
30 oct 2013
9- Entre planes y resaca
La casa es un desastre.
Le duele la cabeza, siente la garganta que le quema, y el mundo parece girar a velocidades demasiado rápidas para su estómago. Respira con los ojos cerrados, quieto, sujetándose con fuerza al asiento.
-Dio cane...
Se pone en pie, sorteando zapatillas tiradas de cualquier manera, el mando de la tele, una chaqueta. ¿Eso es un plato de hace cuántos días? Lo ignora, decidido a llegar al baño. No enciende la luz, no abre el grifo. Se sienta en el suelo, abraza la taza y vomita.
Vomita porque le arde la tripa; porque el olor le da arcadas; porque la cabeza le da vueltas y los colores brillan demasiado; porque le duelen las costillas y le quema la garganta.
Vomita, porque piensa que necesita comer algo, y eso hace que la bilis salga hasta por la nariz. Vomita, y juraría que vomita hasta la primera papilla.
Y luego, nada. Arcadas, toses. Siente la necesidad de vomitar, una necesidad compulsiva. Lo necesita, ¡lo necesita!, pero su estómago está vacío y los ojos le lloran demasiado. Se abraza con más fuerza a la taza, ardiendo, disfrutando del frío de la porcelana, tiritando.
Una lengua áspera le lame el pie descalzo; intenta reírse por las cosquillas y se atraganta. Más arcadas. Se enciende la luz, las baldosas naranjas de la pared parecen estallar como fuegos artificiales en sus ojos.
-¿Estás bien, tío?
Agua fría en el cuello. Da un manotazo, ojos apretados, dientes apretados, intentando ignorar la sensación de enfermedad. Se pone en pie, con cuidado, tira de la cadena y se enjuaga la boca. Su mirada se pierde viendo cómo resbalan las gotas de agua por la cerámica de la pila hasta el desagüe, sin ser consciente de Roald sentado a sus pies, esperando su comida. Arturo le pone una mano en la espalda. Está caliente, parece quemar.
-Cristo biondo, Artu, sto benissimo! Smettila di fare finta di essere mia mamma!
El rubio le ignora. Le coge de los hombros, le arrastra hacia el dormitorio.
-¿Cuánto hace que no duermes aquí, Ciro?
-Ma smettila, ti ho detto!
La habitación está perfectamente recogida, como si hubiera sido limpiada y ordenada esa misma mañana. Las sábanas de rayas negras y grises están estiradas perfectamente sobre el colchón, la manta roja doblada sin una arruga en mitad de la cama. Sobre las mesitas de noche, madera gris ceniza, sólo las lámparas de metal sin ninguna marca de huellas. En una hay un vaso vacío con la botella de agua cerrada al lado, y un libro en cuya portada de colores rojizos aparece algo parecido a un unicornio y su caballero, ambos con armadura de guerra.
-Siéntate. Vamos, Ciro, sentado. ¿Dónde tienes el pijama?
No espera respuesta, busca bajo la almohada. Saca una camiseta vieja de Judas Priest y unos pantalones negros de deporte, y se los da al italiano.
-¿Por qué no duermes en tu cama mientras yo preparo el desayuno y me encargo de todo, tío?
Ciro se ha caído sobre la cama, dormido, y no le escucha.
Gris marengo.
Rojo borgoña.
¿Un cuadro blanco con letras negras? Eso decididamente no está en su comedor... ¿Qué hace en su cuarto?
Se incorpora con lentitud, no muy seguro de lo que hace. A su lado, arrugado, está su "pijama". Ni siquiera ha dormido dentro de las sábanas... ¿Cómo ha llegado allí? Se acerca a la ventana.
El estor japonés hace demasiado ruido al moverse, piensa, pero al menos no siente arcadas por estar de pie, ni le revienta la cabeza el menor sonido. Intenta levantar con decisión la persiana.
Blanco cegador.
Gime, se da la vuelta, y se va hasta la puerta.
-Madonna... Dime che c'è un po' di buio ancora...
Negro refrescante.
El pasillo está a oscuras y sus ojos poco a poco se abren sin daño. Ahí está la foto que se hicieron los chicos y él hace un par de años, de fiesta; y allí la que tiene con su hermana de pequeños. Y en la pared de enfrente, está colgado el atrapasueños que le regaló cuando se vino a vivir a España. No se centra, nota que va divagando.
Le gruñe el estómago.
-Ahia!
-¿Ciro?
Arturo se asoma al pasillo, sin encender las luces. Ciro lo agradece mentalmente.
-Hey.
-¿Te encuentras mejor?
-¿No he estado mejor en mi vida?
El rubio sonríe ante la duda con que el otro bromea. Lleva el pelo húmedo y suelto, la camiseta sobre un hombro y va descalzo, recién salido de la ducha. Gotitas de agua caen del pelo por el pecho. Hace un gesto con la mano, señalando a su espalda.
-En la mesa de la cocina tienes el desayuno preparado. Intenta beber el café con azúcar, ¿quieres? Y tómate el maldito chocolate entero. Necesitas azúcar funcionando dentro de esa cabeza resacosa.
-Que te den.
-Vamos, princeso. Que quiero tumbarme en el sofá y dormir algo.
Sonríe como puede, y se dirige a la cocina.
¡Esa no es su cocina!
¿Desde cuándo el fregadero no está lleno con montones de platos sucios? ¿La encimera tenía ese color rojo desde siempre? ¿Desde cuándo el especiero que guarda junto a la vitro está tan limpio y ordenado? Y la mesa... ¿Cuánto hacía que no la veía puesta con tal esmero? Tapete rojo sobre el cristal, el cuenco de chocolate, tostadas, el café que el Roto sabe que si no bebe no es persona. Ni siquiera le molesta que haya quitado el hule rayado con permanentes, no después de ver el desayuno. Si hasta ha puesto dos tipos de mantequilla y unos cuantos más de mermelada.
Ese chaval se merece un monumento. Apuesta a que incluso ha ido a hacer la compra para poder preparar el desayuno.
Lo devora con ansia, como si no hubiese mañana, incluido el chocolate caliente y el azúcar en el café, aunque en eso tiene bastantes reparos. Hasta friega todo, incómodo por verlo sucio. Se asoma al comedor, y entre las paredes de papel pintado simulando madera oscura en contraste con la naranja en la que se apoyan los muebles metalizados y la tele, no ve a su amigo.
Lo que sí puede ver es que se ha metido la paliza del siglo. La casa está perfectamente recogida.
Adiós, botellines vacíos, platos a medio comer, cenizas desperdigadas. Adiós, revistas tiradas de cualquier manera, libros en montones precarios, vasos pegajosos de cubatas en el sitio menos esperado. Hola, suelos limpios, muebles relucientes, orden en la habitación, olor a ambientador de azahar por debajo del olor a incienso.
Roald le muerde el pie descalzo.
-Ahia!
Lo coge en brazos, y se encamina al sofá, tapado por una cortina negra de hilos. Arturo duerme allí, con los vaqueros manchados de la noche anterior, y el pelo desparramado por los cojines grises y naranjas. La cicatriz del rostro es lo que menos se ve, piensa Ciro mientras contempla la espalda del rubio. Lo que duele más es lo que las camisetas tapan. Los recuerdos viejos, los miedos, las ganas de llorar, de desaparecer, y los castigos. Cicatrices nudosas que recorren la espalda, pálidas, curadas desde hace mucho. Él las recuerda vendadas. Él las ha visto abiertas, sangrando, mientras su amigo se volvía furia, mientras decidía no desaparecer, mientras decidía cambiar su mundo y su suerte de mierda.
Ha le palle, recuerda que dijo en el hospital, a los policías. È il mio amico e ha le palle. "Es mi amigo y tiene cojones". Arturo dormía, igual que ahora, con el pelo suelto. En aquel entonces era más largo, él estaba más delgado y la espalda estaba vendada.
-Sei bravo, vecchio.
Roald le sujeta con los dientes la mano, reclamando caricias, y Ciro satisface el ego gatuno, pensativo. Quiere agradecerle lo que ha hecho.
Y quiere alegrarle un poco la vida.
Arturo frunce el ceño, dormido por completo, como si tuviese un mal sueño. Le recorre un escalofrío, y Ciro aparta la vista de la espalda marcada, todavía con las ganas de ayudar a su amigo en la garganta, mezcladas con la angustia del pasado.
Suelta al gato, que maulla levemente enfadado, y tapa a su amigo con una manta de pelo beige que tiene bajo la chaise long. Entonces ve la nota sobre la mesita.
Eh, cacho perro.
Me debes 40 pavos de la compra. Joder, compra de vez en cuando, que no se puede vivir sólo de birra, parece mentira.
He llamado a la biblio, Rubén te cubre. Y si vuelves a dejar la casa así, te daré de hostias hasta cansarme.
¡Despiértame, y estás muerto!
Sonríe, y se sienta en el suelo, recostado contra el sofá. Saca el móvil, son las cinco y media de la tarde.
Acaricia la cabezota de Roald y se lo pone en el regazo, disfrutando de su ronroneo. Luego, saca el móvil, que aún llevaba en el bolsillo. ¡Si todavía tiene batería! Teclea rápidamente, esperando el tono.
Le responde la voz de una chica joven.
-¿Qué pasa, Ciro?
-Ciao, Marta. Oye, tu hermano está dormido en mi sofá...
-Sí, nos ha llamado antes, que se quedaba hoy también en tu casa.
-Perfetto! No, quería preguntarte otra cosa... ¿Me puedes decir qué libro de Asimov le falta? Quiero darle una sorpresa y no se me ocurre nada mejor.
-En cuanto llegue a casa te escribo un whatsapp, ¿vale?
-Muchas gracias, Marta.
-¡De nada, Ciro! ¡Adiós!
Revisa los mensajes, todavía rumiando cómo alegrar un poco a su amigo. Sonríe al ver el de Gabi, y empieza a pensar planes y más planes para el sábado.
-Mreow.
-Hey, Roald. -Deja el móvil en el suelo y le da un beso en la nariz a Roald.- ¿No crees que Artu se ha ganado el cielo, Narciso?
El gato le ignora soberanamente, lamiéndose las patas con celo.
Ciro apoya la cabeza en una esquina de la manta, que no llega a tapar los pies de Arturo. Su último pensamiento antes de volver a dormirse, es que debe tener el pelo hecho un desastre y que su amigo se merece, ya no el libro que le falta, no. Merece toda una librería en condiciones, un poco menos de amargura y algo más de suerte.
Y a él se le ocurren varias formas de, al menos, mejorar las dos primeras.
Le duele la cabeza, siente la garganta que le quema, y el mundo parece girar a velocidades demasiado rápidas para su estómago. Respira con los ojos cerrados, quieto, sujetándose con fuerza al asiento.
-Dio cane...
Se pone en pie, sorteando zapatillas tiradas de cualquier manera, el mando de la tele, una chaqueta. ¿Eso es un plato de hace cuántos días? Lo ignora, decidido a llegar al baño. No enciende la luz, no abre el grifo. Se sienta en el suelo, abraza la taza y vomita.
Vomita porque le arde la tripa; porque el olor le da arcadas; porque la cabeza le da vueltas y los colores brillan demasiado; porque le duelen las costillas y le quema la garganta.
Vomita, porque piensa que necesita comer algo, y eso hace que la bilis salga hasta por la nariz. Vomita, y juraría que vomita hasta la primera papilla.
Y luego, nada. Arcadas, toses. Siente la necesidad de vomitar, una necesidad compulsiva. Lo necesita, ¡lo necesita!, pero su estómago está vacío y los ojos le lloran demasiado. Se abraza con más fuerza a la taza, ardiendo, disfrutando del frío de la porcelana, tiritando.
Una lengua áspera le lame el pie descalzo; intenta reírse por las cosquillas y se atraganta. Más arcadas. Se enciende la luz, las baldosas naranjas de la pared parecen estallar como fuegos artificiales en sus ojos.
-¿Estás bien, tío?
Agua fría en el cuello. Da un manotazo, ojos apretados, dientes apretados, intentando ignorar la sensación de enfermedad. Se pone en pie, con cuidado, tira de la cadena y se enjuaga la boca. Su mirada se pierde viendo cómo resbalan las gotas de agua por la cerámica de la pila hasta el desagüe, sin ser consciente de Roald sentado a sus pies, esperando su comida. Arturo le pone una mano en la espalda. Está caliente, parece quemar.
-Cristo biondo, Artu, sto benissimo! Smettila di fare finta di essere mia mamma!
El rubio le ignora. Le coge de los hombros, le arrastra hacia el dormitorio.
-¿Cuánto hace que no duermes aquí, Ciro?
-Ma smettila, ti ho detto!
La habitación está perfectamente recogida, como si hubiera sido limpiada y ordenada esa misma mañana. Las sábanas de rayas negras y grises están estiradas perfectamente sobre el colchón, la manta roja doblada sin una arruga en mitad de la cama. Sobre las mesitas de noche, madera gris ceniza, sólo las lámparas de metal sin ninguna marca de huellas. En una hay un vaso vacío con la botella de agua cerrada al lado, y un libro en cuya portada de colores rojizos aparece algo parecido a un unicornio y su caballero, ambos con armadura de guerra.
-Siéntate. Vamos, Ciro, sentado. ¿Dónde tienes el pijama?
No espera respuesta, busca bajo la almohada. Saca una camiseta vieja de Judas Priest y unos pantalones negros de deporte, y se los da al italiano.
-¿Por qué no duermes en tu cama mientras yo preparo el desayuno y me encargo de todo, tío?
Ciro se ha caído sobre la cama, dormido, y no le escucha.
Gris marengo.
Rojo borgoña.
¿Un cuadro blanco con letras negras? Eso decididamente no está en su comedor... ¿Qué hace en su cuarto?
Se incorpora con lentitud, no muy seguro de lo que hace. A su lado, arrugado, está su "pijama". Ni siquiera ha dormido dentro de las sábanas... ¿Cómo ha llegado allí? Se acerca a la ventana.
El estor japonés hace demasiado ruido al moverse, piensa, pero al menos no siente arcadas por estar de pie, ni le revienta la cabeza el menor sonido. Intenta levantar con decisión la persiana.
Blanco cegador.
Gime, se da la vuelta, y se va hasta la puerta.
-Madonna... Dime che c'è un po' di buio ancora...
Negro refrescante.
El pasillo está a oscuras y sus ojos poco a poco se abren sin daño. Ahí está la foto que se hicieron los chicos y él hace un par de años, de fiesta; y allí la que tiene con su hermana de pequeños. Y en la pared de enfrente, está colgado el atrapasueños que le regaló cuando se vino a vivir a España. No se centra, nota que va divagando.
Le gruñe el estómago.
-Ahia!
-¿Ciro?
Arturo se asoma al pasillo, sin encender las luces. Ciro lo agradece mentalmente.
-Hey.
-¿Te encuentras mejor?
-¿No he estado mejor en mi vida?
El rubio sonríe ante la duda con que el otro bromea. Lleva el pelo húmedo y suelto, la camiseta sobre un hombro y va descalzo, recién salido de la ducha. Gotitas de agua caen del pelo por el pecho. Hace un gesto con la mano, señalando a su espalda.
-En la mesa de la cocina tienes el desayuno preparado. Intenta beber el café con azúcar, ¿quieres? Y tómate el maldito chocolate entero. Necesitas azúcar funcionando dentro de esa cabeza resacosa.
-Que te den.
-Vamos, princeso. Que quiero tumbarme en el sofá y dormir algo.
Sonríe como puede, y se dirige a la cocina.
¡Esa no es su cocina!
¿Desde cuándo el fregadero no está lleno con montones de platos sucios? ¿La encimera tenía ese color rojo desde siempre? ¿Desde cuándo el especiero que guarda junto a la vitro está tan limpio y ordenado? Y la mesa... ¿Cuánto hacía que no la veía puesta con tal esmero? Tapete rojo sobre el cristal, el cuenco de chocolate, tostadas, el café que el Roto sabe que si no bebe no es persona. Ni siquiera le molesta que haya quitado el hule rayado con permanentes, no después de ver el desayuno. Si hasta ha puesto dos tipos de mantequilla y unos cuantos más de mermelada.
Ese chaval se merece un monumento. Apuesta a que incluso ha ido a hacer la compra para poder preparar el desayuno.
Lo devora con ansia, como si no hubiese mañana, incluido el chocolate caliente y el azúcar en el café, aunque en eso tiene bastantes reparos. Hasta friega todo, incómodo por verlo sucio. Se asoma al comedor, y entre las paredes de papel pintado simulando madera oscura en contraste con la naranja en la que se apoyan los muebles metalizados y la tele, no ve a su amigo.
Lo que sí puede ver es que se ha metido la paliza del siglo. La casa está perfectamente recogida.
Adiós, botellines vacíos, platos a medio comer, cenizas desperdigadas. Adiós, revistas tiradas de cualquier manera, libros en montones precarios, vasos pegajosos de cubatas en el sitio menos esperado. Hola, suelos limpios, muebles relucientes, orden en la habitación, olor a ambientador de azahar por debajo del olor a incienso.
Roald le muerde el pie descalzo.
-Ahia!
Lo coge en brazos, y se encamina al sofá, tapado por una cortina negra de hilos. Arturo duerme allí, con los vaqueros manchados de la noche anterior, y el pelo desparramado por los cojines grises y naranjas. La cicatriz del rostro es lo que menos se ve, piensa Ciro mientras contempla la espalda del rubio. Lo que duele más es lo que las camisetas tapan. Los recuerdos viejos, los miedos, las ganas de llorar, de desaparecer, y los castigos. Cicatrices nudosas que recorren la espalda, pálidas, curadas desde hace mucho. Él las recuerda vendadas. Él las ha visto abiertas, sangrando, mientras su amigo se volvía furia, mientras decidía no desaparecer, mientras decidía cambiar su mundo y su suerte de mierda.
Ha le palle, recuerda que dijo en el hospital, a los policías. È il mio amico e ha le palle. "Es mi amigo y tiene cojones". Arturo dormía, igual que ahora, con el pelo suelto. En aquel entonces era más largo, él estaba más delgado y la espalda estaba vendada.
-Sei bravo, vecchio.
Roald le sujeta con los dientes la mano, reclamando caricias, y Ciro satisface el ego gatuno, pensativo. Quiere agradecerle lo que ha hecho.
Y quiere alegrarle un poco la vida.
Arturo frunce el ceño, dormido por completo, como si tuviese un mal sueño. Le recorre un escalofrío, y Ciro aparta la vista de la espalda marcada, todavía con las ganas de ayudar a su amigo en la garganta, mezcladas con la angustia del pasado.
Suelta al gato, que maulla levemente enfadado, y tapa a su amigo con una manta de pelo beige que tiene bajo la chaise long. Entonces ve la nota sobre la mesita.
Eh, cacho perro.
Me debes 40 pavos de la compra. Joder, compra de vez en cuando, que no se puede vivir sólo de birra, parece mentira.
He llamado a la biblio, Rubén te cubre. Y si vuelves a dejar la casa así, te daré de hostias hasta cansarme.
¡Despiértame, y estás muerto!
Sonríe, y se sienta en el suelo, recostado contra el sofá. Saca el móvil, son las cinco y media de la tarde.
Acaricia la cabezota de Roald y se lo pone en el regazo, disfrutando de su ronroneo. Luego, saca el móvil, que aún llevaba en el bolsillo. ¡Si todavía tiene batería! Teclea rápidamente, esperando el tono.
Le responde la voz de una chica joven.
-¿Qué pasa, Ciro?
-Ciao, Marta. Oye, tu hermano está dormido en mi sofá...
-Sí, nos ha llamado antes, que se quedaba hoy también en tu casa.
-Perfetto! No, quería preguntarte otra cosa... ¿Me puedes decir qué libro de Asimov le falta? Quiero darle una sorpresa y no se me ocurre nada mejor.
-En cuanto llegue a casa te escribo un whatsapp, ¿vale?
-Muchas gracias, Marta.
-¡De nada, Ciro! ¡Adiós!
Revisa los mensajes, todavía rumiando cómo alegrar un poco a su amigo. Sonríe al ver el de Gabi, y empieza a pensar planes y más planes para el sábado.
-Mreow.
-Hey, Roald. -Deja el móvil en el suelo y le da un beso en la nariz a Roald.- ¿No crees que Artu se ha ganado el cielo, Narciso?
El gato le ignora soberanamente, lamiéndose las patas con celo.
Ciro apoya la cabeza en una esquina de la manta, que no llega a tapar los pies de Arturo. Su último pensamiento antes de volver a dormirse, es que debe tener el pelo hecho un desastre y que su amigo se merece, ya no el libro que le falta, no. Merece toda una librería en condiciones, un poco menos de amargura y algo más de suerte.
Y a él se le ocurren varias formas de, al menos, mejorar las dos primeras.
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